En el nororiente de la ciudad de Cali, el barrio Siete de agosto está rodeado de barrios peligrosos. Los alrededores contaminan la tranquilidad, y es muy frecuente oír la alarma de robo advirtiendo que una persona busca dinero; el sonido agudo y penetrante de ésta se escucha aproximadamente cada tres días, sin embargo la gente aparenta sorprenderse y encuentran el pretexto perfecto para salir de sus casas y completar la información.

Para compensar la angustia de tener que convivir rodeados de desempleados, en este barrio se celebra la feria de la fundación de éste, que empieza una semana antes del siete de agosto de cada año. Es bastante pintoresca (por darle algún nombre), con presentaciones de salsa, venta de comida, artículos que iluminan suspendidos de una cuerda, juegos inflables gigantes para los niños, partidos de futbol donde juegan homosexuales contra lesbianas, juegos mecánicos, cabalgata y, lo más peculiar, una multitud de visitantes provenientes de los barrios vecinos.
Aparte de los acontecimientos especiales que ofrece el barrio, su comercio abastece completamente las necesidades de los habitantes sin necesidad de desplazarse a las grandes tiendas; en especial la carrera octava, donde se ve la gente trabajadora y al mismo tiempo se siente un ambiente tenso por el tráfico congestionado, el ruido, muchos peatones y puestos de ventas ambulantes que ocupan casi todo el espacio de los andenes.
Aquí en este barrio hay espacio para todo y para todos. Las canchas que son el único sitio donde hay algunos árboles, son “los pulmones contaminados”. Las personas no van a trotar ni los niños juegan ahí, ya que es territorio exclusivo para los fieles a la marihuana. Es una característica especial, así nadie este fumando ya las canchas huelen a “naturaleza quemada”.
En cuatro años de mi estadía en el barrio, la avenida principal es inconforme con su apariencia y se va transformando apresuradamente. Al principio un caño adornado con abundante pasto dividía el carril izquierdo del derecho y ambos lados tenían huecos tan profundos que eran rellenados con escombros. Atravesar la carrera quince era tanto riesgoso como incómodo. Ahora ha mejorado considerablemente: ya no tiene huecos y los trancones disminuyeron gracias a la construcción del MIO.
Para mí el Transporte Masivo ha beneficiado en diferentes aspectos el barrio: la iluminación es suficiente como para intimidar un poco a “los dueños de lo ajeno”; los grupos juveniles que se reunían bajo las sombras de los arboles a fumar de todo, ya no lo pueden hacer allí y hasta los de la inconsciencia ciudadana que dejaban sus desechos en el separador de la avenida, prefieren esperar el carro de la basura.
Este barrio es ajeno para mí, no lo desprecio pero tampoco me siento cómoda; sus calles no me evocan recuerdos de la infancia pues vivo aquí desde hace po
co. Por sus estrechas calles se escucha el murmullo de la información ajena que teje una red que cubre las conversaciones cotidianas. Considero a mis vecinos individuos misteriosos que poseen bocas venenosas con la capacidad de producir hilos de seda que envuelven la realidad; sus órganos receptores están más que desarrollados, parece que tuvieran múltiples ojos sensibles a cualquier movimiento, ¡es asombroso a la velocidad que viajan sus informes diarios!
No obstante, hay gente amable y humilde, como Jhonny quien en realidad es Jenny, pero gracias a su aspecto de hombre la apodan así (claro que a ella parece no molestarle); siempre está dispuesta a botar la basura cuando el carro ya ha pasado o cualquier mandado que pueda cobrar. Sus gritos madrugadores llamando a doña Rosita me despiertan algunas veces. Para ser sincera es una de las pocas personas en este barrio que conozco, prefiero ser no hacer comentarios con mis vecinos.
Es más el tiempo que permanezco fuera del Siete de agosto, sólo en algunas ocasiones me pongo a observarlo desde la terraza, a ver lo afortunada que soy de vivir en ese casa aun siendo tan distante del barrio; lo abandoné desde el principio, así que no me siento culpable de que despierte esa insatisfacción en mi, ya que aceptar algo no significa estar de acuerdo, es simplemente reconocer que no se puede cambiar.

QUE PESAR QUE UNA CIUDAD TAN BONITA,TAN ALEGRE, TAN SALSERA Y CON GENTE LLENA DE VIDA ESTÈ ENTRE LAS CIUDADES MÀS PELIGROSAS DE ÈSTE PAIS… SOLO DEPENDE DE NOSOTROS LOS CALEÑOS, QUE NUESTRA CIUDAD SE ARREGLE, SE TERMINE TANTA VIOLENCIA, TANTA GUERRA, TANTO BANDALISMO, TANTAS PELEAS ENTRE PANDILLAS… HOY EN DIA HAY GUERRA ENTRE BARRIOS, SOLO POR SER DIFERENTES, O DE UN DISTINTO SECTOR DE VIVIENDA.. ESTO SE ENCUENTRA EN TODA PARTE, DESDE LOS BARRIOS MAS BAJOS DE CALI, HASTA EN LOS ESTRATOS ALTOS… SOLO ESPERO QUE ESTO CAMBIE, PUES LOS TIEMPOS ESTÁN MUY DIFICILES.
GRACIAS….