El silencio de la noche; camuflaje de mentes salvajes en busca de una jugosa presa, sonidos que viajan por las calles acariciando las tristes paredes, se escucha el escape de pasos fatigados, hay una paz intranquila, un sueño de miedos y un insomnio seguro. Se despide la luz de la luna y el miserable destello del sol devora los antiguos tintes de las humildes casas, que ahora reciben un colorido más brillante porque la vida ha empezado en este lugar, en el sitio donde me he incubado por varios años, hogar para unos, temores para otros.
El lugar en el que he vivido en los escasos años que tengo de existencia, lo conforman un grupo de barrios que son símbolo de terror e inseguridad en la comuna catorce de Santiago de Cali, algunos de estos son: Marroquín, Las Orquídeas, Mojíca, Alfonso Bonilla Aragón, entre otros, este último es en donde vivo. Estos barrios presentan altos índices de inseguridad, cada día se presentan casos de robos, sicariato, venta de drogas, brutales peleas familiares o pasionales. Un verdadero Edén de la inconsciencia y el peligro. Es preocupante cierta zona conocida como “La Colonia Nariñense” que es donde se centra casi todo el peligro en la comuna.
Generalmente los barrios de esta zona de la ciudad están habitados por gente de pocos recursos económicos, de diversas personalidades; los hay amables, groseros, recatados, descarados, ridículos, inofensivos y peligrosos. La idea de señalar a esta zona ciento por ciento humilde es muy compartida en otros lugares de la ciudad. En los últimos años esta creencia puede verse un poco opacada debido al surgimiento de una riqueza misteriosa, no total, que se esconde en las cercas de la pobreza. Es normal observar ahora en las estrechas calles decenas de automóviles, motos, bicicletas y aparatos lujosos, una serie de objetos que podrían costarle a un habitante tradicional de estos barrios todo el sueldo ahorrado en sus años de vida. Viene entonces a la mente unas cuantas preguntas: ¿De dónde viene ese derroche monetario?, ¿Por qué alguien con ese nivel económico preferiría vivir en un barrio así? Pues bien, la comunidad del sector cree y asegura que esta riqueza nace cuando se juega con polvillos caros, cigarrillos fuertes y sangre ajena. Algunos sujetos que manejan negocios oscuros y ocultos ven en las zonas populares un sitio que les brinda cierta lejanía de la persecución legal, una especie de paradoja, pero quién sospecharía de alguien en particular cuando todos comparten un mismo sello que los marca como lo más bajo y vil de la ciudad, a pesar de que no toda la comunidad esté manchada de algo impuro. Ahora recuerdo con melancolía cuando toda la comunidad del barrio, que compartía el hecho de ser increíblemente pobre, tenía que salir a una vía empedrada, un camino difícil que ensuciaba y hería los pies; toda una travesía solo para sacar el agua que garantizaba la existencia, para la sopa o el baño de medio día. Conmemoro el gran esfuerzo que la gente dio para tener un mejor barrio, pero me inquietan los que optan por luchar de una vil manera, porque para ellos todo está en sus negocios peligrosos, a la mano, al revolver o al cuchillo.
Al entrar el día en este lugar, se escuchan los vehículos y las personas que salen de sus casas a trabajar, otros abren con ahínco sus negocios, unos humildes, otros vastos y poderosos. El desayuno está a la orden del día, hay vendedores de arepas, buñuelos o pandebonos en las esquinas. A veces se necesita hacer fila para conseguir el alimento; otros impacientes pasan al otro lado de la calle, a la esquina opuesta que es donde generalmente queda una panadería o “granero”, negocios comúnmente administrados por alguna familia paisa, que inevitablemente tiene una o varias hijas jóvenes hermosas, las más apetecidas por los muchachos del barrio.
Toda esta labor anti-ayuno está adornada por la desafinada melodía de cientos de autobuses que pasan por la avenida Ciudad de Cali y dos vías muy transitadas: las carreras veintisiete y veintiocho. Las amas de casa salen al respectivo anden de sus viviendas y escoba en mano realizan una sutil limpieza, llevando cierto ritmo y compás que anima la marcha de cientos de niños y jóvenes que se dirigen a sus escuelas o colegios, por lo general instituciones privadas que asemejan más a una pobre casa de bajo estrato bien adornada que algún plantel educativo. No se deja atrás la presencia de solo dos instituciones públicas, que se mantienen impecables gracias al apoyo y colaboración de la gente del sector.
La danza de las escobas y la joven tropa de estudiantes se acaba, el ayuno fue liquidado y en cada hogar de colores diversos o de imagen ladrillosa empiezan a escucharse ciertas melodías populares: salsa, rancheras, vallenatos, baladas y esa música que les gusta a los niños y jóvenes, muy diversa por supuesto: rock de los ochenta o noventa en español, aunque algunos optan por tararear un bilingüismo absurdo, pop actual, reggaetón, un ritmo muy aceptado, en fin, cada calle es una rocola particular.
En contraste con las vías pavimentadas de la zona y las imponentes casas de dueños misteriosos, se presentan ciertas partes del barrio que están en la pura e inestable tierra y es donde comúnmente habitan las personas que son más pobres, unas de dinero otras de consciencia y tolerancia. Lastimosamente estas secciones del barrio son las que más infunden temor, pues es el lugar de escondite de las sanguijuelas que no succionan sangre, si no que la hacen derramar. Estas zonas principalmente están ubicadas a los costados de los ríos negros o los popularmente llamados “caños”, es aquí donde quedan los “basureros satélite” pues estos albergan una gran cantidad de los desperdicios que no queremos ver dentro de nuestras casas, pero si a la vuelta de la esquina. Estas viviendas aledañas a los “caños” construidas con materiales de desecho (latas viejas, hojas de zinc, tablas podridas, bahareque) o levantadas sobre alguna pobre y añeja pared de ladrillo desnudo, asemejan la imagen de las favelas del país de la samba, que desgraciadamente comparten también el hecho de resguardar a gran parte de la delincuencia y el terror urbano.
Cuando el día llega a su punto medio en el barrio, el calor se desata bajo los techos de “Eternit”, y aunque haya terraza, ninguna casa se salva de la hora abrasadora. Algunos estudiantes retornan a sus hogares y otros empezarán la jornada. El ruido de las cucharas chocando en los platos avisa que el almuerzo no dio espera y la lotería del medio día ya ha jugado. Se vive entonces una pequeña calma, un silencio pacifico que invita a descansar y dormir un poco. Después de unas horas la sinfonía urbana comienza a escucharse, se abren algunos negocios, la labor continúa, los pasos se avivan, las voces se mezclan y una canción popular viaja con el aire.
El atardecer se torna como uno de los mayores espectáculos que se presentan en mi barrio: las casas lucen un brillo distinto, es agradable ver al cielo, a pesar que ya no se puede apreciar igual debido a varias torres de comunicación telefónica que se alzan en algunas terrazas o alguna pared que se levanta lentamente ante la mirada. De todas maneras el atardecer es algo mágico. A esas horas, no importando que esté el sol o llueva desaforadamente, se escuchan los gritos inocentes de los niños jugando, unos al escondite, otros a “la lleva”, los muchachos al futbol entre las estrechas calles, o simplemente andando en bicicleta, dando indiferencia a los peligros que inquietan a algunos, pero que no detienen los deseos de vivir de otros.
El barrio cuenta con algunos lugares para la recreación: tres canchas de futbol muy visitadas por jóvenes que no solo quieren jugar con una pelota sino con un cigarro que los lleve a la luna, dos parques con viejos y maltrechos juegos, cada lugar acompañado por una iglesia cristiana, aunque en el barrio existen decenas de iglesias derivadas de esta religión, aproximadamente una por cada cuadra.
En la zona existe un lugar llamado “Cali Catorce” donde las personas generalmente pagan los recibos de los servicios públicos o plantean sus quejas a estos, lugar en donde nunca faltan las peleas por posesión ilegal de puesto en la fila.
En caso de que en el barrio se presente alguna urgencia médica, existen varios centros médicos: el centro de salud “Alfonso Bonilla Aragón”, centro de salud “Cauquita”, el hospital infantil “Niño Dios”, centro de salud “San José”, el hospital “Isaías Duarte Cansino” y uno muy frecuentado a pesar de ubicarse en el barrio “El poblado”: el hospital “Carlos Holmes Trujillo”, siendo costumbre que en este centro médico lleguen a cada hora personas heridas debido a algún intento violento de robo o peleas generadas por diversas causas que van desde fraudes, pasando por celos hasta venganzas.
Debido a la alta inseguridad en el barrio se ha instalado uno de los llamados “CAI”, que en el sector se conoce como “CAI Mojíca”; este establecimiento diminuto de la policía no ha cambiado el ambiente en la zona, el pequeño edificio ya ha recibido un ataque con explosivos y la presencia de oficiales en él es precaria.
En el barrio la tarde va encontrando su sepulcro y la noche segadora se apodera de cada rincón. Las calles se pintan del particular color de las bombillas del alumbrado público, una tonalidad que da la sensación de estar en otro lugar. Algunos juegos ya se acaban porque el peligro aumenta; en cualquier momento pueden aparecer fantasmas en busca de llevarse algún alma, o algo menos que eso. Otros más valientes y deseosos de diversión sacan sus equipos de sonido al andén para escuchar sus melodías favoritas. Hombres y mujeres se dirigen a alguno de los tantos billares o juegos de sapo que funcionan en el barrio, siendo “Mi bebé” uno muy frecuentado, pues en él hay equipos de sonido monumentales que hacen vibrar fuertemente las paredes de las casas. Se bebe y se festeja aunque sea día laboral. Nada que decir de los fines de semana, pues en esos días nadie tiene miedo de nada, solo de estar solo y aburrido. Las chicas se engalanan y los muchachos las cortejan, esperando tener pareja para la “Rumba” de las nueve. Los viejos charlan y toman aguardiente, todos son amigos de todos, hasta que alguien decide ser enemigo y se acaba la divertida noche.
Las calles entran en espesas tinieblas, ya nadie ni nada es seguro, todos se esconden en sus hogares, otros esperan arropados en la noche donde solo se nota el brillo de un cigarro encendido, que emula los ojos de un lobo en busca de su presa. A veces se escuchan disparos, personas corriendo, motos a toda prisa que cruzan las calles y un silbido cobarde de un mal armado y triste vigilante. La madrugada llega, pero el peligro continúa, los transeúntes miedosos esperan el autobús en las principales vías: la carrera veintisiete y veintiocho, la “Troncal” o la avenida “Ciudad de Cali”. No se está seguro en ninguna dirección, los ataques no dan espera, nunca se sabe que pasará.
El barrio en donde vivo no es una zona muy agradable, la inseguridad es el sentimiento compartido, pero ya he vivido bastante aquí, los miedos se convierten en costumbres y se es capaz de respirar el pesado aire de lo inesperado y peligroso, a pesar de que ya tengo en mi cuerpo huellas de lo que es capaz cierta gente inconsciente y avara. Aún sigo viviendo y disfrutando aquí de los brillos del sol en la mañana, las magias del atardecer y las luciérnagas espaciales de la noche. La vida continúa pero las oportunidades de conservarla se restan para algunos. Para los mas cuerdos, consientes y luchadores la existencia es un bien que jamás se deja hurtar.

Mi padre siempre me ha hablado de barrios peligrosos, inclusive ahora quiere sacarme del barrio donde he vivido toda la vida, él es quien me crea la sensacionde inseguridad y ahora hemos discutido por eso. Los barrios que nombras estan en la lista negra de muchas personas como mi padre, pero para los que se acostumbran a vivir allí, el barrio es la colmena mas dulce.
si que es un buen cuento…leerlo es toda una experiencia
muy bien hecho
bravo
Me gusta su descripciòn: la experiencia y por tanto los años de costumbre hacen de tu relato una experiencia sosegada pero al tiempo viva e imaginativa, en la que el peligro es una constante segura que te ha hecho apropiarte de una sencibiliad articulada con las letras.
me gusta tu descripcion quees la trizte realidad de nuestro barrio